La historia que me contaron de niño en la escuela empezaba por los hombres primitivos y apenas pasaba de la guerra de la idependencia frente a los franceses. Desde entonces ha llovido, pero de vez en cuando descubro que la historia sigue siendo una sucesión de gestas . Si, gestas que, más que para conocer, sirve para enardecer al pueblo llano. Éste, en las epopeyas de entonces, como en gran parte de los sucesos actuales tomaban o toman como modelos los personajes más señalados. En tal elección no destacaban entonces como ahora las virtudes humanas del modelo. La diferencias de hoy es que, además de imitar lo positivo,sirven para lo contrario: entorpecer el presente. Volviendo a lo que ha pasado y pasado, hoy retomo los sucesos desde los hispanogodos -con los posos latinos y anteriores- hacia el presente, para hacer algunas precisiones por si sirvieran.

El periodo de Al Andalus, según escuché, empezó con una rápida expansión de los árabaes, o “moros” -vaya usted a saber cómo se les llamaba entonces- por la península al mando de Tarik y Muza. Tratando de enterarme algo de aquellos acontecimientos he tenido que bucear entre versiones contrapuestas de códices posteriores y leyendas, entre cuyo conjunto la verdad se tambalea. He llegado a la conclusión de que en casi todas ellas encontramos los personajes coincidentes de: Don Rodrigo, Witiza, el conde Don Julián y los mencionados “Tarik” y “Muza”. En torno a cada una de esas personas hay tanta tela que cortar que indica que aquella expansión, más que un paseo militar fue una penetración cultural. Más que ejércitos formalmente enfrentados hubo traiciones e intrigas a porrillo, como se cita en todas las versiones. Así que veamos los detalles que ayudan a poner los puntos sobre las íes de esa visión simplona y guerrera de aquella supuesta “conquista”, que nos tragamos sin más. Veamos por partes.

Todo apunta a que don Rodrigo era el último rey godo formalmente elegido, pero no exento del repudio por Agila-hijo de Witiza-, y otros nobles. Estas crónicas hablan de la decadencia y fin de una época. El tal don Rodrigo va de un lugar a otro tratando de sofocar los desacuerdos con sus gobernadores. Don Julián, humillado por don Rodrigo, esperó a traicionar al mismo en la situación más delicada. Esa fue cuando el conde era el valido o gobernador de Ceuta, zona que dependía por vasallaje del rey godo. En ese lugar como en otros, se habla de la fluida relación cultural con los admirables avances andalusíes, entre otros el manejo del agua. La convivencia se había estrechado hasta darse con frecuencia los matrimonios mixtos. Así que a los agravios anteriores y ambiciones comunes, se unieron las posibilidades de convivencia y progreso. Parece que, en esa situación de debilidad, muere don Rodrigo en un escarceo más que en una batalla. Se dice que Egilona, la viuda del rey, casa con Ab-el-Azi-Mussa alias ”Muza”. Tarik, el personaje que la historia asocia a “Muza”, aparece con un origen discutido. Para unos es un bereber a quien se envía a colaborar en aquella propicia situación. Otros lo señalan como aliado de Agila, el rival de Rodrigo. Está fuera de duda su mediación entre don Julián y “Muza”, para encabezar la penetración en la península. Es cierto que junto a ese mestizaje previo y rápido tras los hechos señalados, hubo episodios bélicos explicables. Éstos tuvieron lugar en Córdoba, Mérida o Cartagena, ciudades en las que se mantenían contingentes militares, herencia romana. Tales enfrentamientos fueron livianos por la misma prevalencia cultural.

Se le ha llamado impropiamente “reconquista” al periodo entre los años 711 y 1.492. La de antes, como hemos visto, no fue propiamente una conquista militar, pues apenas en cuatro años se había recibido la nueva y pujante cultura de al al-Ándalus. Como hemos podido ver, es la sucesión de un régimen, el de al Alándalus al de los hispanogodos, igual que éstos habían sucedido antes a la decadencia de Roma. La conquista “sin re”, con más batallas tampoco lo es propiamente, pues duró demasiado tiempo para ser verdad. Sólo empieza a ser verdadera a partir del siglo XI, cuando se produce el declive de al al-Ándalus con los reinos de taifas. No fue tampoco únicamente una guerra de religión sino por el poder, recuérdese que eran frecuentes las alianzas de castellanos con andusíes en contra de aragoneses u otros reinos. El Cid mismo luchó también en contra se reinos cristianos. Se ha manipulado la realidad de la convivencia andalusí en el interior de su territorio y con los limítrofes. Se quiere ignorar que los “mozárabes”, o cristiano arabizados de origen hispanogodo, vivían en al al-Ándalus y eran mayoría tras un siglo de la penetración árabe. También desconocen a los “mudéjares” o musulmanes que vivían en reinos de mayoría cristiana. Ni que decir tiene, que otro tanto pasa con judíos, muladíes, moriscos y demás. Qué decir de las juderías, morerías y otras zonas de las ciudades o burgos medievales. No se puede justificar desde la historia, por mucho que se intente, la xenofobia neofascista actual. Bien haríamos en entender a nuestra historia como pasado común integrado. Hay estudios sobre el castellano actual en que el porcentaje de palabras de origen árabe es tan alto como las de latín.

Bien haríamos en conocer nuestra historia con más rigor y con menos enardecimiento. Así no generaríamos enfrentamientos fuera de toda lógica como el propiciado por VOX y sus aliados en Cadrete (Zaragoza) repudiando a Abderraman III. Este es un habitante más de la penísula ibérica por cuyas venas circulaba sangre en tres cuartas de viejos naturales del lugar. El mismo erudito conservador Menéndez Pelayo, lo reconoce por su influencia -también cultural- como un antepasado nuestro digno de igual reconocimiento al de Trajano, Séneca, Isidoro de Sevilla, Maimónides o Averroes. Todos ellos han contribuido con más lógica a esa “España con destino en lo universal”.

Antonio Martínez Lara