Vandalismo, desprendimientos en las fachadas, venta de drogas al menudeo, peleas, vehículos circulando en zonas peatonales, ruidos, suciedad, abandono de las zonas comunes, casas ocupadas… esta es la realidad a la que se enfrentan a diario centenares de vecinas y vecinos del Barri La Sang. Situación que ha sido reiteradamente denunciada en público y en privado, sin que la administración local haya movido un dedo ni la policía actúe con diligencia.

El Barri La Sang fue el último gran proyecto ejecutado por el extinto Instituto Valenciano de la Vivienda. Flamante premio FAD de Arquitectura e Interiorismo, perla del malogrado plan ARA en Alcoi y escenario perfecto para fotos de campañas electores de tirios y troyanos. Pero la historia es bien distinta. Las obras se eternizaron y al ayuntamiento, diez años después, le entró las pisas por entregar las llaves (más fotos en la prensa).

La recepción de obra definitiva se hizo sin exigir a la empresa constructora que arreglase las deficiencias. Cuando entramos a vivir nos encontramos las consecuencias. La negligencia del consistorio nos ha obligado a convivir con humedades y peligrosos desprendimientos de la fachada. Hace diez años, el ayuntamiento, cuando se hizo evidente que era cuestión de tiempo lamentar un accidente mortal, atornilló algunas piezas. Pero el problema reaparece con insistencia. Desde entonces sólo recibimos amenazas de multas si no reparamos los desperfectos ocasionados por su indolencia.
Pero esto no es más que la punta del iceberg. Gobiernos locales de todos los colores han consentido la degradación galopante del espacio público. La empresa concesionaria de la limpieza directamente obvia el barrio, barren alguna vez (muy a la larga) pero las calles no han sido baldeadas nunca. Ningún jardinero ha pisado La Sang en dos décadas, más allá de una poda anual. Y la brigada de obras debe tener prohibido poner un pie aquí.

De un tiempo a esta parte, la situación ha empeorado. Las calles peatonales y los múltiples recovecos de barrio se han convertido en un botellódromo. Incluso las escaleras de los edificios son un buen lugar, si el tiempo no acompaña. Meadas, excrementos de perros y humanos, cristales rotos, más basura, vandalismo… Da igual que sean Fiestas de San Jorge, la Semana Modernista, el Mig Any, los Carnavales (cuando tienen barra libre) o un fin de semana cualquiera. El ruido es tan insoportable que debe escucharse desde la Calle Casablanca, donde está la policía, pero alguien les habrá ordenado no acudir hasta la quinta o sexta llamada de los vecinos desesperados. Llegan con el rotativo encendido desde comisaria para espantarlos y cuando llegan no hay identificaciones ni multas.

“Muchos son menores” y “no podemos hacer nada” son las escusas más habituales. Para colmo, algún emprendedor visionario ha instalado su peculiar negocio de venta de drogas al menudeo en la zona. Niñas y niños de 14 y 15 años van a “pillar” sin ninguna discreción. Las denuncias se acumulan, pero al Ayuntamiento tampoco parece incumbirle.

Si se suceden las noticias en las páginas de sucesos, algún político se acuerda de hacer declaraciones rimbombantes. Antes unos y después otros, en riguroso orden de su paso por la oposición. Una vez en el gobierno olvidan cómo se rasgaban las vestiduras con críticas “de la mano de los vecinos”.

Cierto es que el actual gobierno, por fin ha incluido una partida en los presupuestos. Cinco meses después desconocemos cuál es el proyecto, cuándo empezarán las obras o si lo piensan gastar en una “Smart” de esas. Pero lo cierto es que a este ritmo, la intervención será tirar el dinero a la basura, porque a diario los desperfectos fruto del vandalismo acrecientan la factura.

En el Barri no vive ningún político, tampoco hay empresarios adinerados de los que mueven hilos, pero los vecinos pagamos la contribución y las tasas puntualmente. Decenas de familias trabajadoras, estudiantes de la vecina universidad y personas mayores que ya estamos más que hartos.

Vecinas y vecinos del Barri La Sang